Ese sabor… era como estar en casa.
Así que, cuando nadie me veía, agarré la caja y empecé a recoger los frascos.
Uno por uno.
Quince en total.
Los coloqué en la cocina.
Abrí uno.
El aroma era intenso pero reconfortante; no artificial, sino cálido y natural. Lo sentí en la boca.
Perfecto.
Exactamente como lo recordaba.
Pero algo no cuadraba.
El frasco en sí.
Parecía antiguo, pero el fondo no estaba tan liso como debería.
Le di la vuelta.
Nada.
Quizás estaba pensando demasiado.
Abrí otro.
Y luego otro.
Cuando llegué al duodécimo frasco, me quedé paralizada.
En la base, bajo una fina capa de arcilla seca, había tenues grabados.
Rasqué suavemente.
Aparecieron letras.
«Hora del gallo. Tres. Siete. Mezquite. Sombra».
Mi corazón dio un vuelco.
Esto no era una coincidencia.
Era un mensaje.
Un código.
Esa noche no pude dormir.
Las palabras resonaban en mi cabeza como un acertijo por resolver.
¿Para quién era?
¿Por qué ocultarlo así?
A menos que…
Quien lo escribió no podía hablar abiertamente.
Quizás alguien lo vigilaba.
¿O tal vez el mensaje no iba dirigido al jefe?
Pero alguien lo suficientemente observador podría darse cuenta.
Al día siguiente, até cabos
En una vieja foto de la empresa, se veía un gran mezquite creciendo frente al edificio original de la fábrica.
Una fábrica abandonada.
Tenía que ser eso.
Al atardecer, al amanecer, fui allí.
Todo estaba en silencio, inquietante.
Pero el árbol seguía en pie.
Enorme. Antiquísimo.
Seguí su sombra.
Tres pasos.
Luego siete.
Me detuve.
El suelo bajo mis pies parecía vacío.
Para ver las instrucciones de cocina completas, vaya a la página siguiente o haga clic en el botón Abrir (>) y no olvide COMPARTIRLO con sus amigos en Facebook.
