Era Patricia. Mi psicóloga. Mi mejor amiga. La mujer que estuvo conmigo cada noche que lloré cuando Alejandro me engañó. La que me convenció de firmar el divorcio rápido.
—¿Patricia? ¿Qué haces aquí? —tartamudeé, en shock.
—Ay, Elena. Siempre fuiste tan predecible —se burló Patricia, empujándome hacia el interior de la casona oscura—. ¿De verdad creíste que Alejandro te engañó por casualidad? Yo lo planeé todo. Yo le presenté a Camila. Yo me encargué de que te divorciaras para que ella pudiera casarse con él y heredar los millones de su familia. Y yo le receto las drogas que lo tienen como un vegetal.
El mundo se me vino abajo. Mi mayor apoyo había sido mi peor verduga.
Patricia me empujó por unas escaleras de piedra que llevaban a la antigua cisterna subterránea de la casona. Allí abajo, atado a un pilar, estaba Alejandro, apenas consciente.
Patricia nos encerró a los tres en ese calabozo de piedra.
—El USB que trajiste era solo una copia, Elena. Sabemos que el verdadero tesoro de la familia, las escrituras y el oro colonial, están ocultos aquí abajo. Y como Alejandro no quiere hablar, ustedes morirán con él.
Patricia jaló una palanca en la pared. Una pesada reja de hierro bloqueó la salida. De inmediato, el agua helada de los mantos acuíferos subterráneos empezó a inundar la cisterna a toda velocidad.
El agua nos llegó a las rodillas en segundos. Sofi gritaba abrazada a mi cuello. El nivel subía sin piedad. Si no encontrábamos la salida en menos de tres minutos, íbamos a morir ahogados en esa tumba de piedra. Y justo cuando el agua me llegaba al pecho y el aire empezaba a faltar, Alejandro abrió los ojos de golpe y apuntó temblando hacia un muro.
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El agua helada me cortaba la respiración. Ya nos llegaba al cuello. Tenía a Sofi cargada en mis hombros para que no se ahogara. En la oscuridad de la cisterna, el pánico nos estaba devorando vivos.
Alejandro, en un destello de lucidez provocado por la adrenalina y el terror, luchaba contra las cadenas que lo unían al pilar. Su rostro estaba pálido como el de un cadáver.
—¡La pared… Elena, la pared! —bramó, escupiendo agua.
Giré la cabeza. En el muro de piedra que teníamos enfrente, iluminado apenas por la luz de la luna que se filtraba por una rendija, había un antiguo relieve tallado en la roca. Era el águila devorando a la serpiente, el símbolo de nuestras raíces, un escudo que el bisabuelo de Alejandro había mandado tallar hace más de un siglo.
Recordé de golpe las palabras de la abuela de Alejandro el día de nuestra boda, un secreto que me confió al oído y que yo creí que era solo un delirio senil:
“”Cuando el agua ahogue a la familia, solo el ojo del águila abrirá el camino a la verdad.””
—¡El ojo del águila! —grité a todo pulmón.
Estaba demasiado lejos y no podía soltar a mi hija. Alejandro reunió fuerzas que no sé de dónde sacó. Con un grito desgarrador, se dislocó el pulgar para liberar su mano de las esposas oxidadas. Se zambulló en el agua oscura.
Fueron los diez segundos más largos de mi vida. Sofi lloraba y yo sentía que el agua ya me cubría la boca.
De pronto, escuché un fuerte ¡CLAC! debajo del agua.
El muro de piedra tembló y comenzó a girar sobre un eje. Un estruendo ensordecedor resonó en la cisterna mientras el agua encontraba una vía de escape, siendo succionada hacia un túnel de drenaje ancestral, arrastrándonos hacia unas escaleras secretas.
Tosiendo y vomitando agua, subimos arrastrándonos por los escalones empapados. Llegamos a una bóveda oculta. Allí estaban, apilados en cajas de madera podridas por el tiempo, los centenarios de oro y las escrituras originales de innumerables propiedades en la Ciudad de México. El tesoro por el que Camila y Patricia habían matado.
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