Intentando comprender cómo alguien puede desaparecer después de compartir toda una vida.
Cuando la ceremonia terminó, salí al jardín para tomar aire.
Y fue entonces cuando ocurrió algo inesperado.
Una niña de unos diez años se acercó lentamente.
Nunca la había visto.
Llevaba un vestido azul y sostenía un sobre color marfil.
—¿Señora Elena? —preguntó.
Asentí.
La pequeña me extendió el sobre.
—Tu esposo me pidió que te entregara esto hoy.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi esposo?
—Sí.
Me dijo que era muy importante.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, una mujer apareció.
Era la madre de la niña.
Me explicó que trabajaba como enfermera en la residencia donde Roberto pasó sus últimos meses.
Según contó, unas semanas antes de morir, él había llamado a la niña.
Era la nieta de una compañera de trabajo.
Le pidió un favor especial.
Guardar aquel sobre.
Y entregármelo únicamente el día de su funeral.
Con manos temblorosas abrí el sobre.
Dentro encontré una carta.
Y una vieja fotografía.
La foto era de nuestra boda.
La misma de 1964.
Al verla, las lágrimas comenzaron a caer.
Entonces empecé a leer.
“Mi querida Elena:”
“Si estás leyendo esto, significa que ya me fui.”
“Y si algo aprendí después de 62 años contigo, es que nunca fui tan bueno expresando lo que sentía.”
Ya no podía contener el llanto.
“Por eso decidí escribirlo.”
“Gracias.”
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