Su esposo durmió en el piso por 2 años para atraer riqueza, hasta que una madrugada ella vio a la enorme serpiente en su lugar

Carmen la escuchó sin interrumpir 1 sola vez. Al terminar, suspiró profundamente. “Tú no vas a regresar a esa pinche casa sola, Lety”. “¿Y si me volví loca y lo imaginé?”, murmuró Leticia. Carmen le apretó la mano: “No estás loca. Tú no te imaginaste nada”.

Esa misma tarde, regresaron a Santa Fe. Pero no iban solas. Carmen llevó a su esposo Paco y al comandante Beto, 1 viejo amigo de la familia que era policía de investigación.

Cuando llegaron a la mansión, el portón eléctrico estaba abierto de par en par. La inmensa casa que alguna vez fue el sueño de Leticia, ahora se sentía como una tumba de hielo. Vacía. Maldita.

Subieron con cautela. En la recámara principal, el tapete rojo seguía en el suelo. Pero ya no había ninguna serpiente. Ni rastro de Mateo. Solo 1 marca oscura, como si algo pesado hubiera sido arrastrado por el piso hacia la puerta del vestidor.

Paco abrió la puerta del clóset empuñando 1 tubo. Adentro, oculta detrás de cajas de zapatos, había 1 pequeña puerta de madera que Leticia jamás había visto. El comandante Beto forzó la chapa oxidada.

Detrás de la puerta, unas escaleras de concreto descendían hacia 1 sótano oscuro. Leticia ni siquiera sabía que la residencia tenía sótano. El aire apestaba a podredumbre, a cera derretida y a tierra de panteón.

Al bajar, encontraron 1 cuarto tétrico. En el centro había 1 mesa con veladoras negras, frascos con líquidos viscosos y decenas de hojas llenas de garabatos. En las paredes colgaban fotos de Leticia y Mateo. Y en el suelo, doblado con cuidado… había otro tapete rojo idéntico.

Carmen tomó 1 libreta de cuero negro de la mesa. Era el diario de Mateo. Leticia hojeó las páginas temblando: “Primera noche en el tapete”. “Cayó la primera transferencia”. “El patrón de Catemaco dijo que si no fallo, lloverá la lana”.

Páginas adelante, el tono era desesperado: “Lety no se puede enterar”. “Si me rajo ahora, me quitan la vida”. En la última página, garabateada con fuerza, decía: “Él viene a ocupar su lugar en la luna llena”. La fecha era de la noche anterior.

A Leticia se le revolvió el estómago. En ese instante, escucharon pasos a sus espaldas. Mateo estaba parado en lo alto de la escalera. Parecía un cadáver; había envejecido 20 años en 1 sola noche.

Cuando vio a Leticia, sus ojos inyectados en sangre se llenaron de lágrimas. “Lety…”, susurró. Ella retrocedió asqueada. “No te me acerques. ¡Explícame qué chingados es todo esto!”.

Mateo rompió a llorar, derrumbándose en los escalones. Les confesó que, 2 años atrás, desesperado por las deudas en Neza, buscó a 1 brujo oscuro en Veracruz. El hombre le entregó el tapete con 1 condición: dormir sobre él todas las noches para que el dinero fluyera.

Pero la advertencia fue clara: “Entre más lana tragues, más de ti se queda en el tapete”. Mateo se volvió 1 esclavo. Despertaba con tierra en la boca y escamas pegadas en los brazos. Y la voz del brujo le susurraba que, en luna llena, su cuerpo ya no le pertenecería.

“Anoche desperté aquí tirado en el sótano”, murmuró Mateo, temblando. “No sé en qué momento bajé”. Leticia lo miró con horror. “Entonces la serpiente…”. Mateo cerró los ojos: “Creo que esa cosa… era yo”.

Beto sacó su radio de inmediato, pero Carmen ordenó que sacaran a Mateo de ahí. Hubo 1 enfrentamiento familiar brutal. El padre de Mateo confesó que la abuela del muchacho había hecho pactos de sangre similares; Mateo cayó en la misma maldición familiar por su ego de querer ser “el que provee” a costa de su propia alma.

Paco encontró 1 recibo con el nombre del brujo: don Elías. Aunque la policía dijo que llevaba años desaparecido, localizaron su choza en la selva de Catemaco. Contra todo pronóstico, Mateo se levantó, demacrado. “Tengo que ir a terminar esta chingadera. Es mi bronca”.

“¡Te va a matar, imbécil!”, le gritó Leticia. Él le tomó las manos. “Ya casi te pierdo a ti por mi avaricia. Prefiero morir pobre que dejarte esta maldición”.

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