Me quedé helada.
—¿Guantes de fitness?
—¡Sí! —gritó—. ¡Empecé a entrenar en casa! ¡Por la noche! ¡En silencio, para no despertarte! Y… huelen a… ¡a queso mojado con sudor!
Quise reír. Quise gritarle que estaba bromeando. En cambio, me quedé boquiabierta de sorpresa.
El médico no pudo contenerse más y se dobló de la risa.
—¿Así que es por los guantes? —Suspiré, liberándome por fin de la tensión.
Él asintió, rojo como un tomate—.
Y yo intentaba disimular el olor con desodorante… pero empeoraba.
Los dos estallamos en carcajadas. Tan fuerte que la gente del pasillo empezó a llamar a la puerta.
—¿Te imaginas cuánto sufrí pensando que era algún tipo de enfermedad? —dije entre lágrimas de risa—. ¡Incluso llamé a un urólogo!
Se sonrojó aún más, pero el alivio apareció en sus ojos.
“Ahora que la verdad ha salido a la luz”, sonrió, “quizás… ¿podemos entrenar juntos?”
“¡Solo si lo ventilamos después de cada entrenamiento!”, respondí, abrazándolo.
El médico intervino:
“El caso es inusual… pero es bueno que todo haya resultado inofensivo”.
Salimos de la clínica tomados de la mano. La gente se daba la vuelta, pero no me importaba. Me sentía ligero.
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