La cabina del avión se llenó rápidamente de pasajeros. La gente acomodaba su equipaje, buscaba asientos y se saludaba. Un pasajero, un hombre con una camiseta gris, estaba sentado en un asiento de pasillo. Era corpulento, por lo que sentarse a su lado resultaba incómodo: su vecino del medio se sentía apretado y el pasillo quedaba parcialmente bloqueado.
Algunos pasajeros intercambiaron miradas, otros susurraron. Al cabo de unos minutos, una azafata se acercó. Con cortesía pero con firmeza, le pidió al hombre que saliera de la cabina un momento para hablar sobre la distribución de los asientos. El ambiente se tornó tenso.
Pero el hombre reaccionó con calma. Se puso de pie, se giró hacia los pasajeros y dijo:
“Entiendo que puedo estar causando algunas molestias. Por eso compré dos asientos contiguos, para no molestar a nadie. Al parecer, hubo un error: mi segundo billete se le entregó a otro pasajero.”
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