Ricardo tenía ya ochenta y cuatro años.
Sus manos estaban arrugadas y sus pasos eran lentos, pero su mirada seguía siendo la misma: tranquila, cálida, llena de una paciencia que había aprendido durante décadas de sacrificio.
La vieja casa ya no parecía tan grande como antes.
Las cunas habían desaparecido hacía muchos años.
Los pasillos que antes resonaban con pasos pequeños ahora estaban llenos de fotografías.
Nueve niñas.
Nueve sonrisas.
Nuevas vidas.
Aquella mañana de primavera, Ricardo estaba sentado en su silla favorita junto a la ventana. Afuera, el viento movía suavemente los árboles del jardín que él mismo había plantado cuando las niñas eran pequeñas.
En la mesa tenía una vieja caja de madera.
Dentro guardaba recuerdos: dibujos infantiles, cartas, pequeños lazos de colores que alguna vez habían decorado trenzas diminutas.
Tomó una foto.
En ella apareció él, mucho más joven, rodeado por nueve niñas que apenas sabían caminar.
Recordó los primeros años.
Los días en que apenas tenía dinero para alimentar a todas.
Los comentarios crueles de los vecinos.
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