El millonario dejó $50,000 para tenderle una trampa a la niñera…

PARTE 1

Don Ernesto Salvatierra vivía en una mansión enorme en Las Lomas de Chapultepec, con portones negros, cámaras por todos lados y un silencio tan frío que parecía hospital de madrugada.

Tenía 58 años, millones en cuentas bancarias y una desconfianza que ya le había podrido el alma.

Para él, todos se acercaban por interés.

Empleados, socios, familiares, amigos.

Todos, según él, tenían precio.

Por eso aquella mañana dejó $50,000 sobre la mesa principal de la sala.

No fue descuido.

Fue una trampa.

Los billetes estaban regados entre revistas, recibos, plumas caras y carpetas abiertas, como si alguien muy rico hubiera olvidado que el dinero también pesa.

Desde su despacho, Ernesto miraba las cámaras con una sonrisa amarga.

—A ver cuánto tardan —murmuró.

La nueva niñera y ayudante doméstica se llamaba Marisol Reyes.

Tenía 31 años, venía desde Ecatepec y cargaba en la cara el cansancio de quien ha peleado demasiado por seguir de pie.

Su esposo había muerto 2 años antes en una obra, dejándola con deudas, renta atrasada y una hija de 7 años que era lo único que le daba fuerza.

La niña se llamaba Lupita.

Flaca, trenzas apretadas, uniforme escolar usado y una mochila rosa remendada con hilo azul.

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