Lupita no se metió el dinero a la bolsa.
No miró hacia la puerta.
No escondió nada.
Tomó el primer billete, lo alisó con cuidado sobre la mesa y lo puso derecho, como si estuviera acomodando una hoja de tarea.
Luego tomó otro.
Y otro.
Separó los billetes de $500 en un montón, los de $200 en otro, apartó los recibos importantes de los papeles arrugados y alineó las plumas para que no rodaran al piso.
En el monitor, Ernesto frunció el ceño.
—¿Qué demonios está haciendo?
La niña abrió su cuaderno de matemáticas.
Con un lápiz mordido, empezó a contar.
Sus labios se movían en silencio.
Lupita hizo columnas, sumas, revisó 2 veces y luego se agachó.
Ernesto pensó lo peor.
—Ahí está. Buscando más.
Pero la niña sacó de debajo del sofá un billete de $500 lleno de pelusa.
Lo sacudió, sonrió satisfecha y lo puso en el montón correcto.
Después escribió en su cuaderno:
80 billetes de $500 = $40,000
50 billetes de $200 = $10,000
Total: $50,000
Al final, dejó el dinero perfectamente acomodado y puso su cuaderno encima para que no se volara ninguna hoja.
Ernesto se quedó helado.
Durante 15 años había usado la misma trampa.
Choferes, jardineros, cocineras, asistentes.
Todos habían caído.
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