Hombre sin hogar…

Aquella noche, el frío se sentía más intenso de lo habitual, colándose bajo mi abrigo y calándome hasta los huesos. Acababa de terminar otro largo turno en la tienda de artículos deportivos donde llevaba casi dos décadas. Tenía la mente llena de preocupaciones: facturas, los problemas escolares de mi hija y el ritmo incesante de las responsabilidades.

Mientras caminaba hacia la parada del autobús, el viento arrastraba trozos de basura por la acera. Fue entonces cuando vi el tenue resplandor de un pequeño puesto de shawarma. Cerca, un hombre delgado y retraído estaba de pie, con un perro pegado a él. Ambos miraban la comida en silencio.

Le pidió agua caliente al vendedor. La respuesta fue brusca y desdeñosa. Algo en aquel momento me inquietó. Pensé en mi abuela, que solía decir que incluso el gesto de amabilidad más pequeño puede tener un significado oculto.

Sin dudarlo, pedí dos shawarmas y dos cafés. Se los entregué. Le temblaban las manos al recibirlos, murmurando una bendición silenciosa que parecía más significativa que el gesto en sí.

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